Hace dos años muchas cosas cambiaron en mi vida, y lo que parecía estar perfecto, estable y en orden se desmoronó por completo y sufrí.
Sí, yo, creadora de Mujerón, tuve mucho dolor los últimos dos años de mi vida, del que solo mis personas más cercanas llegaron a saber, porque el dolor no siempre es notorio. Puedo tener una vida “productiva y activa” y por dentro estar llorando. Así fueron mis últimos dos años. Pero no fue lo único, también tuve felicidad, momentos bonitos y personas a mi alrededor que me dieron mucho amor.
Hubo momentos en los que me sentí desamparada. Sí, desamparada es la palabra. Como si Dios ya no me escuchara, como si su amor se hubiera alejado de mí, como si nadie pudiera entender todo lo que había en mi mente.
Me sentí perdida en varias ocasiones y, repito, puede que no lo pareciera porque podía sonreír, abrazar, ayudar a otros, vacilar, reírme, pero eso no borra que muchos días no tenía ni la menor idea de qué hacer con mi vida ni con todo el dolor que sentía.
Noté que me afectaba porque comencé a permitir situaciones en mi vida que, estando bien, no las hubiera permitido. Comencé a pasar tiempo con personas que me quitaban mucha energía solo porque me daban un poco de compañía, pero eran personas a las que, en otros escenarios de mayor lucidez emocional, no les hubiera dedicado ni cinco minutos de mi tiempo. Y no porque sean personas malas, sino porque su forma de ser, pensar y actuar no va conmigo.
Comencé a dejar o reducir buenos hábitos que me hacían feliz, como pasar tiempo con mis papás, hacer ejercicio de forma consciente, escribir, pintar, etc.
Podía seguir con mi vida, claro. Trabajaba, pero no disfrutaba el trabajo; pasaba tiempo con mis amigos, pero sentía que no les estaba dando mi cien por ciento; salía de fiesta, pero al día siguiente la ansiedad me carcomía; iba al gym a diario, pero sentía que entrenaba sin ganas ni deseos de superación. Reía muchas veces y lloraba demasiadas más.
Ahí supe que esa no era yo, que estaba perdida.
Algo que me afectó mucho y me hizo tomar muy malas decisiones es que, por razones que aún ni yo misma tengo muy claras, comencé a enfocarme en lo que la gente pensara de mí o de mis acciones.
Uy, eso me mata. Eso me destruye, porque soy una mujer increíble, pero eso me pone unas murallas mentales gigantescas que me autoencierran y me limitan a la hora de pensar, crear, vivir y disfrutar.
Quise rendirme muchas veces, pero siempre tuve a mis papás y mis amigos, que no me soltaron ni un solo día. Así es, ni un solo día.
Todo lo que me repetían una y otra vez sobre el amor propio lo escuchaba y lo usaba para ayudar a otros, pero no a mí misma, hasta que un día me di cuenta de que podía, de poquito en poquito, aplicar en mí misma todo lo que tanto les decía a otras personas y veía cómo les ayudaba y les resultaba bien.
Así que empecé, poquito a poquito, a tomar nuevas decisiones. Las anteriores ya eran cosa del pasado, las equivocaciones ya habían quedado atrás. Yo quería empezar de nuevo mi historia, reconstruirme, volver a vivir como un Mujerón.
Comencé a actuar de forma muy consciente sobre mi ansiedad, a buscar ayuda no solo en terapia, sino también en mi día a día, con herramientas que me ayudaran a reducir dicha ansiedad, como volver al yoga, probar cosas nuevas como la ashwagandha, dejar de ir a lugares que me causaban ansiedad y dejar de pasar tiempo con personas que me robaban energía.
Y poco a poco comencé a sentir mucha paz conmigo misma de nuevo, como si yo sintiera que estaba haciendo las cosas bien, que aún no tenía el camino claro, pero sabía que me estaba acercando cada día más.
Volví a dormir mejor y más, volví a ejercitarme por placer, volví a tener ilusión por pequeñas cosas, volví a disfrutar mi tiempo en familia, volví a ser una mejor compañía, pero, sobre todo, volví a sentir amor por mí e ilusión por mi futuro.
Mi gran aprendizaje: no tengo que demostrarle nada a nadie ni preocuparme por el qué dirán. Solo tengo que volver a ser yo: feliz, amorosa, en paz, plena, AUTÉNTICA.
Y ahí todo cambió. Dejé de ver pequeños cambios en mi vida y comencé a ver ENORMES cambios, cosas que hace tiempo deseaba que mejoraran, pero que no iban a mejorar si yo no me centraba en recuperarme a mí misma primero.
Volví a sentirme amada por Dios. Él nunca me ha dejado de amar, pero ahora puedo sentir su amor de nuevo porque volví a tener fe en Él, esperanza e ilusión.
A la mujer que fui hace dos años: te amo, te amaré siempre porque te necesitaba para encontrar un gran propósito en mi vida, una ilusión, motivación y fuerza para mí y para muchas mujeres alrededor del mundo.
**Gracias por no rendirte.**

